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Minería y empresa en Arequipa.
Las minas de Caylloma durante el siglo XIX*
José Víctor Condori
Licenciado en Historia por la Universidad Nacional de San Agustín.
Miembro del Centro de Estudios Peruanos de la Universidad Católica San Pablo.
Investigador de la economía y sociedad arequipeña de los siglos XVIII y XIX.
Autor del libro: Los Cinco Gremios Mayores de Madrid en Arequipa, 1790-1820
y de más de veinte artículos de investigación, publicados en numerosas revistas
académicas locales, nacionales e internacionales.
Es egresado de la Maestría en Historia de la UCSP.
Contacto: jvcondori@ucsp.edu.pe
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* Esta investigación pudo realizarse gracias a los bonos concursables otorgados por la
Dirección de Investigación de la Universidad Católica San Pablo de Arequipa.
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Minería y empresa en Arequipa.
Las minas de Caylloma durante el siglo XIX
Mining and Company in Arequipa.
The Mines of Caylloma during the Nineteenth Century
José Víctor Condori
Universidad Católica San Pablo, Arequipa, Perú
Recibido: 30-06-2016 Aceptado: 10-10-2016
Resumen
Durante el periodo colonial, la minería en Arequipa no tuvo un papel preponderante dentro
de la economía regional, no obstante, dos yacimientos lograron concentrar la mayor parte de
los esfuerzos e inversiones: Huantajaya en Tarapacá y Caylloma. Con la llegada de la República, se desató una aguda crisis económica en toda la región, en medio de ella, las minas de
Caylloma aunque continuaron en explotación, no tuvieron la capacidad de atraer grandes inversiones que permitieran su completa recuperación, y por lo tanto, la formación de algunas
compañías mineras.
Palabras clave
Caylloma, minería, inversiones, compañías, crisis económica, plata.
Summary
During the colonial period, mining in Arequipa did not have a preponderant role within the
regional economy, nevertheless, two deposits managed to concentrate most of the efforts and
investments: Huantajaya in Tarapaca and Caylloma. With the arrival of the Republic, triggered an acute economic crisis throughout the region, in the middle of it, the mines of Caylloma
although continued in exploitation, did not have the capacity to attract large investments that
would allow its full recovery, however, the formation of some mining companies.
Key words
Caylloma, mining, investment companies, economic crisis, silver.
Introducción
Como es de conocimiento, la actividad minera en el Virreinato del Perú fue considerada
como motor de la economía durante los casi tres siglos de dominio español; sin embargo,
Revista de Investigación (Arequipa) ISSN versión impresa 2309-6683
Rev. Investig. (Arequipa. En línea) ISSN versión electrónica 2309-6691
Año 2016, Volumen 7, 31-50
José Víctor Condori
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en la región de Arequipa esta actividad no tuvo una presencia significativa; contrariamente, la región se caracterizó desde el temprano siglo XVI por su notable producción
vitícola destinada principalmente a la elaboración de vinos primero y aguardientes, después. En tal sentido, para 1799 el número de minas en actividad en la región apenas
alcanzaba el medio centenar, donde laboraban 84 mineros y 649 operarios. En términos
porcentuales, tales cifras representaban menos del 10% del total virreinal y durante las
primeras décadas del siglo XIX, las minas arequipeñas producían en promedio cerca de
30.000 marcos de plata anuales que significaban poco más de 200.000 pesos; vale decir,
el equivalente a la décima parte de la producción agrícola, que por aquellos años bordeaba los dos millones de pesos.
A partir de 1820, durante la última etapa de la guerra de Independencia, se multiplicaron las expediciones militares tanto de patriotas como de realistas sobre la región,
provocando el derrumbe completo en los ya deprimidos índices de producción minera
que llegaron a reconocer niveles verdaderamente insignificantes. Ese fue el caso, por
ejemplo, del año 1823, cuando la cantidad de plata registrada oficialmente en los libros
de contaduría alcanzó escasamente 413 marcos. Lamentablemente, el fin de la guerra
no significó ningún alivio para la golpeada economía minera, contrariamente, muchos
problemas heredados del antiguo régimen, como la falta de azogue, la escasez de mano
de obra y la ausencia de inversiones estatales, se agudizaron aún más. Por ello, el proceso
de recuperación de la minera regional tardaría muchas décadas, a diferencia de otras actividades como la agricultura, ganadería o el comercio de importaciones. Por otro lado, no
corrió la misma suerte la otrora exitosa industria vitivinícola, que terminó colapsando
completamente en la segunda mitad del siglo XIX.
Frente a este panorama, este trabajo busca acercarse, dentro de sus posibilidades documentales y metodológicas, a la compleja realidad de la minería arequipeña durante el
siglo XIX, a través del estudio de uno de sus yacimientos más antiguos e importantes, el
centro minero de Caylloma; partir de ello, para comprender las dificultades por las que
atravesó la actividad minera en la temprana república, así como las estrategias desarrolladas por sus integrantes, en medio de un periodo marcado por la inestabilidad política,
las guerras internacionales, la angustia fiscal y la auge de las exportaciones.
La minería republicana
Son numerosos los estudios que señalan cumplidamente, los efectos catastróficos provocados por la guerra de independencia en el Perú y la precaria situación económica
que tuvieron que enfrentar los gobiernos republicanos en la primera mitad del siglo
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XIX; sin embargo, aunque hubieron vastas zonas del país que quedaron completamente
arruinadas por la guerra, como fue el caso de la sierra central, escenario directo de los
conflictos, existieron también otras regiones, como la costa y sierra sur, donde tales efectos se sintieron más bien de manera indirecta, vale decir, en forma de reclutamientos,
contribuciones y confiscaciones. Acerca de la situación que presentaba el Perú después
de la Independencia, el cónsul británico en nuestro país Charles Milner Ricketts en
1826 escribía:
Por desgracia, este favorable panorama no es ya el existente, pues los horrores que acompañaron a la lucha por la independencia oscurecieron tanto el horizonte, que ahora solo
puede tenerse apenas un anticipo de las brillantes perspectivas que esperan al Perú. Actualmente desde todo punto de vista, el panorama es sombrío, y la apariencia del país es la de
haber sufrido recientemente, uno de esos terribles terremotos que dejan todo destruido y
en ruinas. (Bonilla, 1975, p. 22)
Era una situación muy lamentable para el recién establecido gobierno peruano, permanentemente necesitado de fondos para iniciar la reconstrucción del país y consolidar
su presencia política en todo el territorio. En una exposición presentada al Libertador
Simón Bolívar en febrero de 1825, sobre la realidad del Tesoro Público, el entonces ministro de hacienda José Hipólito Unanue resaltaba la importancia que tenía su sector y
sus ingresos en la consolidación del estado, él manifestaba: «sin hacienda no hay estado,
porque esta era el alimento y la sangre del cuerpo político, tampoco puede haber hacienda sin ingresos, los que de necesidad deben faltar en un país en que ha desaparecido la
agricultura y donde la minería, principal fondo de él, está derrumbada, y el comercio de
la capital sin puerto y sin numerario» (Unanue, 1825, p. 6).
Precisamente, la minería había sido la fuerza motriz de la economía virreinal durante
siglos, pero a principios de la república se hallaba en un estado de lamentable decadencia
y lo que es peor, los problemas que esta actividad enfrentó en el tardío periodo colonial:
la inundación de los socavones, la falta de capitales, la escasez de mano de obra y el alto
costo de los insumos, como la pólvora y el mercurio, se agravaron aún más durante las
guerras de Independencia y posteriormente, con la permanente inestabilidad política
de nuestros primeros años de vida independiente. Sin embargo, frente a aquella infeliz
situación, las autoridades nacionales no se mostraron de manera alguna indiferentes,
contrariamente, revelaron alguna preocupación por aplicar ciertas medidas urgentes desde su posición en el gobierno, a fin de aliviar tan adversa situación; así lo comprobamos,
por ejemplo, en el manifiesto presentado al Congreso de la República del Perú en abril
de 1827 por el entonces Ministro de Hacienda José de Morales y Ugalde, quien señalaba:
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El gobierno a fin de dar impulso a este gran ramo de nuestra industria, había ya en 2 de
agosto de 25 declarado por de su propiedad las minas que al tiempo de emanciparse la
nación eran denunciables por la ley, amparando a los poseedores que habían cumplido
con los requisitos que esta impone (…) el ministerio ha acordado y el ejecutivo dispuesto
se trasladase la callana de Tacna a la provincia de Tarapacá y se estableciesen bancos en los
asientos minerales de los departamentos de Arequipa y Puno para el rescate de pastas y
compra de azogues. (Morales y Ugalde, 1827, pp. 15-16)
La preocupación gubernamental por el estado de la minería en el Perú puede corroborarse en las inquietudes del mencionado ministro quien sostenía que: «la principal riqueza
de la nación, consiste en los metales que encierran sus montañas» (Morales y Ugalde,
1827, p. 16). Esta ciega confianza en las grandes posibilidades económicas de la minería
como fuente de riqueza a inicios de nuestra vida independiente, también la percibimos
en los informes de los representantes diplomáticos de su majestad británica en el Perú,
en este caso, nos referimos al cónsul Charles Milner Ricketts, quien en 1826, lleno de
entusiasmo escribía al Secretario de Estado George Canning:
He mostrado lo suficiente para probar que el Perú y la nueva República de Bolivia, abundan en riquezas mineras, que las minas fueron en una época muy productivas y que muchas pueden ser adquiridas en condiciones moderadas; que el principal gasto que debe
atenderse para su explotación consiste en la perforación de galerías para sacar agua. El
minero inglés obtendrá mayores ganancias introduciendo mejoras en el sistema de amalgamación, importando mercurio a precios módicos, levantando hornos de fundición donde
puedan ser ventajosamente utilizados y construyendo las diversas máquinas necesarias bajo
principios científicos. (Bonilla, 1975, p. 15)
Lamentablemente, no podía iniciarse ningún proyecto particular o aplicar alguna política de carácter estatal, mientras se desconociera la verdadera situación en que se encontraban cada uno de estos centros mineros peruanos después de la Independencia. En tal
sentido, a fin de informarse sobre el estado real y legal de las minas de Arequipa, a principios de 1826, el prefecto del departamento, general Antonio Gutiérrez de la Fuente,
promovió diversas visitas a los asientos mineros de la región, con el objetivo de evaluar
las minas pertenecientes al estado, por cinco peritos de probidad y aptitudes. Luego de
meses de intensa labor, la comisión entregó varios informes, a todas luces reveladores.
Uno de ellos, relacionado con la provincia de Caylloma indicaba que: de las 136 minas
existentes en 13 asientos de minerales, solo 60 de ellas (44%) estuvieron activas o en uso;
mientras que, 26 (19%) se encontraban inundadas; 23 minas, (17%) completamente
agotadas o extinguidas y 18 de ellas (13%), habían sufrido algún derrumbe que imposiMinería y empresa en Arequipa. Las minas de Caylloma durante el siglo XIX
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bilitaba completamente su aprovechamiento (Archivo General de la Nación, 1826). Si
esta era la realidad de una sola provincia, ¿cómo se encontraba el resto del departamento?
La minería en Arequipa
El departamento de Arequipa, fue creado sobre la base del territorio de la antigua Intendencia
del mismo nombre (1784-1825), mediante decreto ley de 26 de mayo de 1822, siendo nombrado como primer prefecto Francisco de Paula Otero, natural de la provincia de Jujuy en
la república Argentina. Inicialmente se extendía desde el actual departamento de Ica hasta la
desértica región sureña de Tarapacá; estuvo constituida por siete provincias a saber, Arequipa
o Cercado, Camaná, Caylloma, Condesuyos, Moquegua, Arica y Tarapacá. Económicamente, la región concentraba una amplia gama de actividades. Durante la colonia, los valles de
Moquegua, Majes y Vítor habían destacado notoriamente gracias a la producción de vinos y
aguardientes y durante el siglo XIX, la capital del departamento se convirtió en el centro de
acopio y exportación de lanas de oveja y camélidos, hacia los prósperos centros manufactureros ingleses. A causa de su ventajosa ubicación geográfica, su extensa costa y los numerosos
puertos y caletas, el comercio de importaciones favoreció la llegada de un nutrido contingente de comerciantes extranjeros, ingleses, franceses y alemanes, así como el establecimiento de
numerosas casas comerciales, tan temprano como 1821.
Tabla 1.
Mineros, operarios y minas de plata en la Intendencia de Arequipa 1799
Partido Mineros Operarios Asientos
Huantajaya 12 128 7
Santa Rosa 7 34 2
Carmen 9 46 2
Payquina 4 50 3
Viquirtipa 5 39 4
Caylloma 13 114 12
Camaná 8 52 3
Condesuyos 26 186 20
Total 84 649 53
Fuente: Fisher (1977), págs. 196-197.
A diferencia de la producción de vinos y aguardientes, la industria minera arequipeña
no logró alcanzar un lugar preeminente en la economía colonial; en consecuencia, para
fines del siglo XVIII el número de minas en actividad en toda la Intendencia de ArequiJosé Víctor Condori
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pa apenas bordeaban las 54, de las cuales 53 fueron de plata y solo una de oro; en ellas
laboraban 84 mineros y 649 operarios (Fisher, 1977). En la Tabla 1, elaborada en base
a datos globales de todo el virreinato peruano, comprobamos el número de mineros y
operarios, así como, la distribución de las minas en la mencionada Intendencia.
Con respecto al total de los asientos mineros de la Intendencia (53), estos representaban
cerca del 8% del universo virreinal y durante la última década de gobierno español,
generaron en promedio cerca de 30.000 marcos de plata anuales o el equivalente a unos
210.000 pesos; vale decir, casi la décima parte de la producción agrícola que por aquella
época bordeaba los dos millones de pesos (Wibel, 1975). Muy a pesar de aquella posición poco privilegiada de la minería arequipeña frente a otras actividades más rentables
como la agricultura o el comercio y, la ausencia de grandes yacimientos de metales preciosos, como Potosí o Cerro de Pasco; a inicios del periodo republicano encontramos
algunas regiones mineras donde la actividad se mantuvo; a pesar de las adversas condiciones económicas, políticas y tecnológicas, una de ellas fue la provincia de Caylloma.
Las minas de Caylloma
Las minas de Caylloma, se encuentran localizadas en la provincia del mismo nombre, a
unos 200 km. al norte de la ciudad de Arequipa y más de 4.300 m. de altitud. Cuando
tales minas fueron descubiertas en 1620, muchos creyeron ver en este hallazgo, el nacimiento de un «nuevo Potosí» y al parecer, los primeros volúmenes de plata extraídos
de sus socavones fueron tan sorprendentes que, en 1630 la corona española ordenó el
establecimiento de una tesorería o Caja Real. En 1640, el virrey Pedro Álvarez de Toledo
y Leiva, Marqués de Mancera (1639-1648) concedió una mita de 800 indígenas para el
laboreo de las minas y esta se mantuvo cerca de un siglo (Brown, 2008). En las postrimerías del siglo XVIII, Caylloma llegó a alcanzar los registros más altos de producción
de plata en su historia, con un promedio anual de 30.000 marcos. Desafortunadamente,
en diciembre de 1780 la rebelión de Túpac Amaru extendió su ola destructiva al asiento minero, obligando a las autoridades a cerrar la mencionada Caja Real y trasladarla,
junto con los depósitos de mercurio a la ciudad de Arequipa. Desafortunadamente, esta
medida, adoptada en el calor de una revolución, dio inicio a numerosas contrariedades
para los mineros de la región.
La clausura forzó a los amalgamadores de Caylloma a comprar el mercurio en la Ciudad
Blanca (Arequipa), porque ya no estaba disponible en ese centro minero. Esto les obligó
a realizar un viaje de doce a catorce días para cubrir los 400 kilómetros de ida y vuelta,
cada vez que necesitaban el mercurio y no tenían forma de saber si habría o no mercurio
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disponible para cuando llegarán. El gremio de mineros de Caylloma pedía reiteradamente
a Lima restablecer el puesto de ensayador y el almacén de mercurio en el centro minero,
o permitirles ir directamente a Huancavelica a comprarlo, pero las autoridades virreinales
dejaron las cosas pendientes. (Brown, 2008, p. 95)
El año 1786 se instituyó la Diputación Minera de Caylloma, junto con otras siete diputaciones en todo el virreinato (Huarochirí, Pasco, Lucanas, Castrovirreyna, Curahuasi,
Hualgayoc y Huantajaya), todas ellas integrantes del Tribunal de Minería de Lima. Para
1799 podíamos encontrar en Caylloma 12 asientos minerales en producción, trabajadas
por cerca de 13 mineros y 114 operarios, mayormente indígenas; lamentablemente,
cuando en el año 1802, la Caja Real de Arequipa, agotó completamente sus existencias
de mercurio, el trabajo se detuvo durante algún tiempo «en perjuicio del real erario y
la República» (Archivo General de la Nación, Caja 22, Documento 325, fol. 4). En los
albores de la etapa independiente, una relación de minas levantada en esta provincia el
10 de abril de 1826, por los señores diputados Jacinto de Leyva y Mariano Espinel, nos
presentó una realidad bastante similar a la del periodo anterior.
El tránsito de la colonia a la república, no estuvo acompañado de cambios significativos
para la decadente minería de esta circunscripción; contrariamente, algunas dificultades ya estructurales se agravaron aún más. Por ejemplo, el irregular abastecimiento de
mercurio a precios excesivamente altos, fue un problema que acompañó a los mineros
durante todo el siglo XIX, hasta la llegada de las grandes empresas extranjeras y sus
nuevos métodos de refinación. Otro insumo indispensable en el trabajo de las minas
fue la pólvora, la cual era producida en la ciudad de Lima y desde aquí, se remitía por
mar hasta el departamento de Arequipa, para luego ser redistribuida a todos los centros
mineros de la región. Cabalmente, en la ciudad de Arequipa encontramos una callana
de fundición que registraba toda la plata proveniente de los centros mineros del departamento. Es bastante sugerente comprobar que, al existir en la provincia de Caylloma una
Diputación de Minería desde el año 1786, la de Arequipa recién se crearía en 1845, está
Diputación, mantuvo durante buena parte del siglo XIX una notoria autonomía y muy
pocos vínculos con la élite empresarial arequipeña (Deustua, 1986).
Consideramos que, esta falta de vínculos con la capital del departamento, podría haber
influido negativamente en la expansión de las actividades mineras dentro de la provincia, al privar a sus miembros no solo de importantes fuentes de financiamiento, vía
préstamos o habilitaciones, sino también, de la necesaria formación de sociedades o
compañías mineras, que por lo general vienen acompañadas de fondos indispensables
cuando se trata de emprender nuevos proyectos de explotación, ampliar los ya existentes
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o aquello considerado más que una prioridad, drenar los ricos filones inundados, vía
la construcción de profundos canales o la adquisición de bombas de extracción. Todo
ello, en una época marcada por el progresivo abandono del estado al fomento de dichas
actividades. En ese mismo sentido, un cónsul británico señalaba en 1856:
En el departamento de Arequipa las minas que anteriormente fueron trabajadas están
ahora abandonadas (…) pero muchas de ellas están abandonadas por falta de fondos para
obtener maquinaria adecuada para trabajarlas y debido a la falta de compañías, la formación de las cuales parece que no se adapta al modo de ser característico de estas gentes, así
como también por la falta de ayuda y protección del gobierno a esta rama de la industria
que en tiempos pasados fuera tan productiva. (Bonilla, 1975, p. 101)
Las sociedades o compañías mineras fueron vistas durante esta época como las herramientas empresariales más convenientes para invertir y trabajar en la industria minera y por
supuesto, en otras actividades económicas también (Condori, 2014). Sin embargo, las
minas de Caylloma, pese a encontrarse geográficamente, más cerca de la Ciudad Blanca
en comparación con lejanas provincias metalíferas como Tarapacá o Carabaya, durante la
primera mitad del siglo, no generaron demasiadas expectativas y solo fueron motivo para
la formación de dos compañías. La primera de ellas, se estableció en noviembre 1828,
entre Manuel Díaz Feijoo, minero y azoguero de la ribera y asiento de Caylloma y Pedro
Pablo Castellanos, minero de la ribera de Maravillas en el departamento de Puno (Archivo
Regional de Arequipa. Protocolos Notariales, Matías Morales, legajo 752, fol. 482). La
segunda compañía minera, se constituyó en 1842 por el término de diez años, entre José
María Andía, José Coupelón y Francisco de Paula Carrera, con el objetivo de extraer oro,
plata, cobre o cualquier otro metal, utilizando el método de fundición y copelación (Archivo Regional de Arequipa, Protocolos Notariales, Isidoro Cárdenas, legajo 549, fol. 1).
Sin desestimar para nada, el tema de los débiles vínculos políticos y sociales entre la
provincia minera y la capital del departamento, como una de las posibles causas del tibio
interés de la élite arequipeña por las inversiones mineras en esta región, deberíamos considerar también, junto a los ya señalados problemas de la minería peruana en general, la
ausencia de una gran y profusa veta metalífera, capaz de estimular la inversión de grandes
volúmenes de capital. Además, es preciso recordar que, si bien en 1826, Caylloma poseía
cerca 136 minas distribuidas en 12 asientos y 60 de ellas en permanente producción, en
verdad se trataba de pequeñas propiedades, explotadas de manera artesanal y con una
escasa inversión de capitales como para esperar de ellas ganancias extraordinarias. En definitiva, el minero peruano, así lo señaló acertadamente John Fisher (1977), «no era un
capitalista opulento, sino un individuo que luchaba con un ambiente poco propicio para
Minería y empresa en Arequipa. Las minas de Caylloma durante el siglo XIX
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ganarse la vida, llegando apenas a cubrir sus gastos, y generalmente no muy considerado
por los administradores y comerciantes» (p. 77).
Tabla 2.
Relación de minas de la provincia de Caylloma 1826
Asiento Minas Aguadas Derrocadas Corriente Aisadas* Otras**
Anocarani 7 - 2 5 - Apóstoles 16 2 7 7 - 1
Bicuñas 18 4 5 9 - Caragualaca 22 2 - 9 7 4
Chila 16 5 - 8 1 2
Coriminas 3 1 1 1 - Cosana 1 - - - - 1
Cuchilladas 9 1 2 4 - 1
San Cristóbal 10 3 5 2 - Santiago 9 2 1 3 3 Soccona 5 1 - 4 - Suicutambo 20 5 - 8 7 Total 136 26 23 60 18 9
Fuente: Archivo General de la Nación (1826). O.L. 164, Ministerio de Hacienda, folios 4-6.
* Esta palabra proviene del quechua aysay y significa: derrumbe que, en el interior de una mina, obstruye la salida al exterior.
** Minas denominadas ciegas, socavones y con humbe (sic).
En tal sentido, frente al innegable riesgo que implicaban las actividades mineras en
ciertas regiones, se entiende que, en muchas ocasiones, los empresarios y comerciantes
arequipeños antes de conformar una sociedad de negocios ajena a la minería, dejaban
bien en claro y por escrito, la prohibición para todos los socios, de distraer capitales para
el trabajo de minas, cualquiera que sea la calidad de ellas, o habilitar con adelantos para
minas o minerales (Archivo Regional de Arequipa, Protocolos Notariales, José María
Tejeda, legajo 880, fols. 891 y 914). Lamentablemente, cuando no se reparaba en ello,
el comerciante-habilitador debía enfrentar las consecuencias de tamaña “imprudencia”.
Ese fue el caso del comerciante alemán Cristóbal Guillermo Schutte, quien en 1828
había adelantado a Julián García Caballero, minero de la rivera de Orcopampa, al este
de Caylloma, fuertes sumas de dinero a cambio de la entrega de 3.000 marcos de plata
piña. Después de varios años de habilitaciones no solo en moneda corriente, sino también, en azogues, García Caballero salió debiendo cerca de 42.000 pesos y al no tener
como asumirlos, tuvo que ceder la propiedad de la mina (Archivo Regional de Arequipa,
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Protocolos Notariales, Manuel Primo de Luque, legajo 725, folio 422). El propio Schutte, entre 1841-1842, hubo de invertir en dichas minas alrededor de 43.000 pesos y así
obtener alguna ganancia (Witt, 1992).
Quizá, la inversión de grandes capitales, podría haber sido, uno de los caminos para
la recuperación minera de la provincia de Caylloma. Desafortunadamente, mientras
estuviese pendiente el descubrimiento de una fabulosa veta que sea capaz de estimular
las inversiones locales o extranjeras, como ocurrió con el mineral de Huayllura por esa
época, muchas minas terminarían abandonadas por falta de trabajo; mientras que otras
regiones mineras del departamento, empezarían a adquirir cada vez más importancia.
Ese fue el caso de Condesuyos, que incluía por aquella época los minerales de Huayllura, Orcopampa y Chuquibamba; este último, contaba con 15 minas, 10 propietarios
mineros, 27 barreteros, 24 apiris y 8 quimbaleteros, según un informe del año 1827
(Deustua, 1986) y como no podía ser de otra manera, su ascendente importancia minera
de dentro de la región, llevó a la creación de la Diputación de Minería de Condesuyos
en 1830, cuyos principales miembros estuvieron representados por la familia Villena
(Archivo General de la Nación. Tribunal de Minería, Correspondencia, 1848-1875).
Resulta bastante paradójico que, mientras la minería regional atravesaba por momentos
críticos entre 1850 y 1870, no ocurrió lo mismo con la economía arequipeña, que por
aquellos años recibió un vigoroso impulso gracias a las exportaciones de lana de oveja
y de camélidos, actividad que se convirtió en su verdadero eje y motor. Los proyectos
mineros en la región desaparecieron casi por completo, al punto que muchos empresarios locales dirigieron sus miradas y capitales hacía lugares tan distantes como las minas
de Carabaya al norte de Puno o la lejana California, en la costa oeste de los Estados
Unidos. En relación a este último destino, en noviembre de 1848, Manuel Jurado de
los Reyes, José Lucas de la Fuente y Pedro Armand, formaron una compañía con el objetivo de «emprender una especulación mineralógica en los nuevos descubrimientos de
vetas y lavaderos que se han hecho y en lo sucesivo se descubrieren en la Alta California,
provincia occidental de los Estados Unidos» (Archivo Regional de Arequipa. Protocolos
Notariales, Toribio Linares, legajo 710, fol. 204).
Afortunadamente, los penosos años para la minería de Caylloma llegaron a su término a
fines de la década de 1870, cuando al fin se descubrieron ricos filones de plata en la zona
denominada Cuchilladas, el Toro y Trinidad, los que según el cónsul británico en Islay,
George Frederick Robilliard (1877) «varios equipos las han estudiado y estas aparentan
ser igualmente ricas que las famosas minas de Caracoles en Chile (digamos Bolivia), que
despertó todo un entusiasmo alrededor de seis o siete años atrás» (p. 252). Dichas minas,
Minería y empresa en Arequipa. Las minas de Caylloma durante el siglo XIX
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al parecer, rendían entre 300 y 500 marcos de plata por cajón; sin embargo, alertaba el
cónsul, «habrá grandes dificultades en la extracción de los metales, debido a la naturaleza húmeda del terreno y a la necesidad que existirá de usar bombas de fuerzas muy
poderosas para extraer el agua de las minas» (Bonilla, 1975, p. 252). Por suerte, ninguna
dificultad ni el inicio de la Guerra con Chile (1879) impidieron la explotación de tan
soberbio descubrimiento. Así, en noviembre de 1881, varios comerciantes de la ciudad
de Arequipa se unieron al coronel Miguel San Román, prefecto y comandante general
del departamento, a fin de constituir una sociedad «para explotar los minerales de oro y
plata ubicados en el distrito de Caylloma, denominados Cuchilladas, Trinidad, el Toro,
San Cristóbal, Santa Juana y Jesús María» (Archivo Regional de Arequipa, Protocolos
Notariales, Higinio Talavera, legajo 864, fol. 313). Tres años después, en plena ocupación chilena de la ciudad de Arequipa (octubre 1883-agosto 1884), todos los miembros
de esta sociedad, más algunos comerciantes y vecinos de la localidad, decidieron fundar
la denominada «Compañía Minera de Caylloma», dividida en 20 acciones e integrada
por 13 socios (Archivo Regional de Arequipa, Protocolos Notariales, Higinio Talavera,
legajo 865, fol. 159).
El relativo éxito de la mencionada empresa, sirvió de impulso para la formación de
nuevas sociedades mineras, con participación tanto de capitales nacionales como extranjeros. De este modo, en mayo de 1889, Rodolfo Hoefle, Carlos Wagner y Adolfo
Hilkifer, los dos primeros de nacionalidad alemana y el último suizo, formaron una
compañía «para el cateo, las denuncias y para poner en posesión de los diferentes minerales de oro, plata y plomo que han descubierto y descubriere en adelante cualquiera de
los tres socios» (Archivo Regional de Arequipa, Protocolos Notariales, José María Tejeda,
legajo 881, fol. 211). Precisamente, dicha compañía tenía denunciadas diferentes minas
en Caylloma como, San Juan, Santiago, Santa Rosa, Santo Domingo y San Carlos y
todas ellas de plata (Archivo Regional de Arequipa, Protocolos Notariales, José María
Tejeda, legajo 881, fol. 211). Dos meses después, los mismos socios entregaron poder
al comerciante alemán Carlos von der Heide, residente en el puerto de Valparaíso, a fin
de que organice una sociedad o compañía para la explotación de algunas minas situadas
en la provincia de Caylloma, como Santo Domingo, Santa Rosa, San Carlos, San Juan,
Carolina, Carolina del Norte, Santa Catalina, Bateas, Trapiche y Ánimas; dicha sociedad
debía formarse en la capital de Chile o en cualquier otro lugar de la república sureña,
«será anónima limitada y por la suma de hasta 100.000 libras esterlinas o 1.000.000 de
pesos chilenos en acciones» (Archivo Regional de Arequipa, Protocolos Notariales, José
María Tejeda, legajo 881, fol. 256).
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Muchas de las minas explotadas u organizadas para el trabajo por estas nuevas sociedades, eran minas que habían sido abandonadas completamente por sus dueños o simplemente, paralizadas por falta de trabajo hacía no mucho tiempo. Esto en virtud del
artículo 5° de las ordenanzas de minería del año 1869, donde se señalaba, «Las minas,
tanto las que se hallen en terrenos comunes o del Estado, así como la de particulares,
son propiedad de la Nación y las concede en virtud de denuncia con tal de que se llenen
los requisitos exigidos por la ordenanza» (Archivo General de la Nación, Tribunal de
Minería, Correspondencia, 1848-1875). Asimismo, en el artículo 6° se autorizaba, «a
descubrir y denunciar veta o mina no solo en terrenos del Estado sino también en los de
particulares, con la obligación de pagar a estos el terreno que ocupe en la superficie y el
daño que inmediatamente ocasione, previa tasación de los peritos» (Archivo General de
la Nación, Tribunal de Minería, Correspondencia, 1848-1875). Es bastante comprensible, entender los numerosos conflictos generados a partir de tales ordenanzas, no solo,
entre las nuevas sociedades mineras y los viejos propietarios de la región; sino también,
entre las propias sociedades mineras, en razón de que, el mencionado artículo 5° era muy
claro, las minas se concedían por denuncia a cualquier particular, previo cumplimiento
de ciertos requisitos, «de tal modo que si se falta a lo que en ellas se previene se pueden
conceder a otro cualquiera que por esa falta los denunciare» (Archivo General de la Nación, Tribunal de Minería, Correspondencia, 1848-1875).
Aunque la minería continuó siendo una actividad secundaria para la economía arequipeña, frente al auge incontenible de las lanas, la situación que presentaba la provincia de
Caylloma a fines del siglo XIX, era completamente distinta a la de anteriores décadas.
Y así también lo percibimos, a través de la correspondencia que el cónsul británico
residente en el puerto de Mollendo enviaba a Londres en 1891, «las minas de plata progresan favorablemente, sobre todo la llamada “Cuchilladas”, empresa propiedad principalmente de capitales privados, muchos de los cuales son peruanos» (Bonilla, 1976, p.
21). La situación era distinta, porque había un mayor interés por invertir en minería, no
solo en la provincia sino en todo el departamento. Como bien señalaba Flores Galindo
(1977), solo «entre 1890 y 1899 se formaron alrededor de quince sociedades mineras en
Arequipa», para la explotación de plata, oro, bórax, carbón, etc. Las primeras sociedades
mineras formadas en Caylloma, como la «Compañía Minera de Caylloma» o la «Compañía Internacional de Caylloma», estuvieron constituidas por empresarios arequipeños
y algunos inmigrantes extranjeros establecidos en la ciudad, dedicados al comercio de
lanas y propietarios de reconocidas casas comerciales, como los españoles Miguel Forga
y José Eguren; los alemanes Carlos Wagner, Augusto Hilser, Gustavo Moller, y Rodolfo
Hoefle; el suizo Adolfo Hilkifer; y los ingleses, Guillermo Enrique Fletcher, Enrique W.
Gibson (nacido en Arequipa), Alejandro Hartley y Jorge Federico Stafford.
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Finalmente en 1890, se estableció la primera empresa de capitales extranjeros, la British
Caylloma Silver Mining Company Limited. Cuyo paso por la región fue bastante fugaz a
pesar de su enorme poder económico. El éxito tardó casi una década en llegar; debido,
no solo a las dificultades propias de la minería de esta época, sino también «a la poca
economía que hubo al comienzo de la explotación de la mina, pues se trajo desde Inglaterra muchos empleados con salarios muy altos; se construyeron casas y depósitos muy
costosos y hubo otros gastos que de haberse suprimido se habría obtenido ventajosos
resultados» (Bonilla, 1975, p. 21) denunciaba el cónsul británico en Mollendo. Según el
catálogo de minas de 1896, la British Caylloma tenía bajo su control las minas de plata
Alberta, Apóstoles, Aguas, y Anita (Archivo General de la Nación, 1896). A partir de
1900 las actividades empezaron a marchar algo mejor y la Compañía al parecer comenzó
a reportar ciertas utilidades, aunque por muy breve tiempo. Así, al cabo de pocos años,
en 1905, la primera empresa extranjera en la historia de Caylloma suspendió sus actividades definitivamente. Entre las muchas razones de su aparente fracaso estuvieron: la
caída de los precios internacionales de la plata, de 7.04 £ el kilogramo en 1890 a 4.25
£, en 1894 y sobre todo, lo que podría haber llevado al quiebre de la empresa, fue la
inundación de las principales minas y su incapacidad de poderlas drenar (Thorp y Bertram, 1985). Años después, una empresa chilena se hizo cargo de aquellos yacimientos e
instaló en la zona una planta concentradora de 20 toneladas de capacidad por día, junto
con una planta hidroeléctrica; aunque, tuvo serios problemas al pretender tratar los minerales por cianuración (Valdivia, 2003).
Reflexiones finales
La situación de la minería en la provincia de Caylloma, no era exclusiva de esta región;
sino contrariamente, fue parte de una dura realidad por la que atravesó la minería peruana
durante su primer siglo de vida independiente. Esta situación de postración y casi abandono respondía a una serie de factores como, la crisis económica e institucional de nuestros
primeros gobiernos republicanos que duró varias décadas y no favoreció ninguna forma
de inversión pública; posteriormente tenemos, la aparición de actividades económicas altamente rentables, de bajos costos de producción y gran demanda en el mercado internacional, como fueron las lanas en el sur del Perú y el guano, en la costa central, las cuales
desalentaron cualquier inversión privada de largo plazo que representase grandes capitales,
altos riesgos y rentabilidad incierta, al menos en sus momentos iniciales.
En el caso de las minas de Caylloma, el mayor inconveniente no fue necesariamente
la falta de insumos, trabajadores, máquinas de extracción o la inexistencia de un rico e
inagotable filón, sino principalmente, la ausencia de grandes capitales que permitieran
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realizar todas estas inversiones a largo plazo. Lo que teníamos y desde hacía varios siglos,
eran pequeños propietarios y arrendatarios mineros, de escasos capitales, dependientes
de las eventuales habilitaciones y cuyas ínfimas ganancias en muchos casos solo permitían su propia reproducción y cuando era posible, la devolución de los préstamos a los
habilitadores, mayormente comerciantes locales. Gracias a la bonanza económica generada por la comercialización y exportación de lanas, así como, el arribo de un nutrido
contingente de comerciantes extranjeros en la segunda mitad del siglo XIX, llegaron
también las anheladas inversiones mineras, que a la larga estimularon a los empresarios
nacionales y abrieron el camino para el advenimiento de los grandes capitales extranjeros. Eso sí, dentro de una nueva coyuntura, marcada por la derrota peruana en la Guerra
del Pacífico, el empobrecimiento de la oligarquía nacional despojada de sus fuentes tradicionales de enriquecimiento, una política estatal de mayor apertura a las inversiones
extranjeras, especialmente mineras y el alza temporal en los precios internacionales de
algunos minerales.
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Notas
1 El asiento minero de Huayllura se encuentra ubicado en un páramo abandonado del
actual distrito de Sayla, en la provincia de La Unión, departamento de Arequipa, a
4.330 msnm. Fue descubierto en 1827 por Juan Ángel (Angelino) Torres, natural
de dicha provincia. En la época de su mayor auge (1827-1830) dicho yacimiento
estuvo conformado por 31 minas. Aunque los primeros trabajos correspondieron al
lugar llamado Pabellones, el verdadero boom aurífero se produjo años después en
1829, cuando se descubrió la fabulosa mina de Copacabana, que llegó a producir
nada menos que 600.000 pesos en oro apenas comenzada su explotación. La razón, la presencia de abundante metal dorado en estado macizo, es decir «de cinco
partes de metal, cuatro eran de oro puro». Con el tiempo vendría mucho más. En
los siguientes dos años el asiento de Huayllura llegó a producir nada menos que 6
millones de pesos en oro. Es decir, casi cien veces el valor de la plata que el departamento producía anualmente por aquella época. Esta singular fiebre de oro arequipeña, favoreció como era de esperarse una masiva migración de mineros, campesinos,
aventureros y oportunistas a la zona, quienes en pocos años llegaron a incrementar
la población del asiento hasta alcanzar los 14.000 habitantes (Condori, 2010).

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